Algunas mujeres contemplaban al Crucificado desde lejos. Ellas que lo había seguido en Galilea y habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15 40-41).

El Viernes Santo es para contemplar. No es un día plomizo, tristón, pesado… es un día para el asombro, para mirar a Jesús, ciertamente desde lejos, porque nadie ha llegado jamás hasta donde llegó él. Solo un puñado de mujeres representan a la Iglesia en vela. Los discípulos se dispersan, ellas permanecen.

Tienen una historia de amor, que comenzó en Galilea, siguió en Jerusalén y ahora parece romperse. Permanecen en silencio. En la Cruz nos sobran las palabras y el corazón se abre para confesar estupefacto: ¡¿Por qué nos has amado tanto, Señor?! ¡Tanto y así!

En el Gólgota el frasco de perfume extremadamente caro, el cuerpo y la vida de Jesús, se rompe en pedazos. Extrañamente en el costado de Jesús está todo el pecado, todo el mal, todo el dolor de la humanidad. Y del costado de Jesús, brota todo el bien, todo el perdón y todo el consuelo para la humanidad.

Estás invitado a la Celebración de la Pasión y Muerte del Señor a las 5h

 

Está disponible un Via Crucis por si quieres orarlo.