Se nos regala un nuevo adviento: una oportunidad.
Una tentación que nos acecha es acercarnos al adviento con rutina… Pero puedo acercarme a él con la esperanzadora actitud de una oportunidad nueva que se me regala para volver la mirada a Ti, Señor, y dejar que vuelvas a poner sentido y hondura a mi vida.
Sí lo tuyo es venir una vez más a la realidad de mi vida concreta y de lo que en ella acontece ¿qué tendría que ser lo mío?
Quizás no se trate de buscarte en lo nuevo y llamativo, sino de redescubrir las huellas de las pisadas que ya has dado en mi historia, en la de los míos y la historia del mundo.
Ni siquiera se trata encender mi semana con propósitos extraordinarios que seguramente veré desvanecerse en mis manos, sino de dejar que la enciendas con tu Palabra y la bañes con tu amor diario… Sólo necesito activar mi interior pronunciando sencilla y calladamente tu Nombre, muchas veces: ¡Jesús!, ¡Ven Jesús!, ¡Hágase tu Reino en mí, en mi familia, en esta situación que me supera!
Intuyo que se trata de recibir y dejarme sorprender por los caminos y modos insospechados en que vendrás este nuevo Adviento y dejar que el soplo de tu Espíritu apague las llamas encendidas de mis búsquedas asfixiantes, de mis prisas cansadas, de mi espera estéril y dejar que encienda la esperanza confiada, la sed por tu Palabra, el deseo de alimentarme de Ti y llevarte a mis hermanos.
Y sobre todo, un tiempo en el que pueda acontecer en mí, lo que en María: vivirlo contigo en mi seno, asombrada de cómo Tú te vas haciendo espacio y vida en mis entrañas.
Adviento, se trata de nuestro tiempo, de un modo de estar juntos, de una actitud vigilantemente amorosa a cultivar.
Por todo esto, quiero abrirte hoy mi corazón y decirte: